Cada vez que visitamos una nueva ciudad nos interesamos por conocer su historia. En este caso nos toca contarte un poco sobre los orígenes de la capital holandesa y el largo camino que tuvo que recorrer para ser lo que es hoy en día.
Durante la primer década del 1800 el insaciable Napoleón Bonaparte decide invadir la zona de los Países Bajos, que para ese entonces ya había sido nombrada capital de la región. A causa de la invasión Ámsterdam queda devastada gracias a un terrible bloqueo comercial internacional que se había hecho sobre el país.
Luego de meses y meses de guerra el país logra vencer a las tropas francesas y es recién en 1815, en el famoso Congreso de Viena en donde se dictamina que Bélgica y Luxemburgo se unirían a lo que se comenzaría a denominar: “Reino Unido de los Países Bajos”.
Pero pasaron tan solo 15 años para que los belgas entren en discordia con el Reino y deciden finalmente independizarse. Cinco años después Luxemburgo siguió el mismo ejemplo que Bélgica.
Llega la segunda mitad del siglo XIX y los Países Bajos se vieron beneficiados por la revolución industrial que se estaba expandiendo por el mundo. Gracias a la creciente actividad económica producto de la exportación de manufactura, se logra crear, por ejemplo, la Estación Central y una nueva red de canales que recorría del sur al oeste de Ámsterdam.
Durante la Segunda Guerra Mundial la suerte de los Países Bajos no sería mucha: las tropas nazis invadieron las regiones más importantes, sobre todo el centro de Ámsterdam (10 de mayo de 1940) y comienzan a ejecutar judíos donde sea que los encontraban. Se estima que la cifra de muertos superaba los cien mil. Entre ellos se encontraba Ana Frank, un símbolo de resistencia para los holandeses.
Imagen: LIVINGVIAJES.
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